Comienza la aventura

Es evidente que donde más seguros se encuentran los barcos es amarrados en el puerto. Tanto como que no fueron construidos para eso.

La mayoría de las empresas son creadas como consecuencia de circunstancias difíciles por parte de su fundador o fundadores.

Muchas veces, careciendo de capital, inversores, trabajadores y con muy poca o ninguna ayuda por parte de las entidades financieras. En la mayoría de los casos tampoco existe una meta clara y concreta de hacia dónde se pretende ir. La ilusión prima en estos casos sobre criterios empresariales ya que las personas que lo llevan a cabo solo son, en el mejor de los casos, aprendices de empresario.

Las que consiguen sobrevivir a esta primera etapa y se van consolidando a medida que va pasando el tiempo, olvidan con frecuencia sus orígenes y el éxito les va marcando el camino a seguir.

Poco a poco, entran trabajadores. Si el proyecto tiene buena pinta, es posible conseguir algo de capital que acostumbra a pagarse muy caro. Socios que a cambio de poca inversión se quedan con una parte importante de las acciones. Tímidas ayudas financieras.

Llega un momento en que la rueda empieza a girar y de forma sutil y sin que nos demos cuenta, el día a día va ocupando la labor del líder, y la empresa se convierte mas en algo que nos arrastra, que en algo que se domine de forma absoluta.

Llega un momento en que ya es difícil distinguir si somos nosotros los que controlamos a la empresa o es la empresa la que nos controla a nosotros.

Hay que pagar las nominas. Emitir pagares que deberán ser atendidos en su momento. Perseguir acreedores. Hacer presupuestos que tienen como finalidad fijar metas de crecimiento ajustados a parámetros que ya nada tienen que ver con aquella ilusión con la que se inició el camino.

Se generan puestos directivos que van sustituyendo tareas de las que tuvieron que asumir los socios en sus inicios. Y, pasado el tiempo, el que antes lo hacia todo se va convirtiendo en el director de una orquesta en la que no es el mejor en ninguno de los instrumentos que la forman.

En épocas de bonanza, estos máximos dirigentes, que en la primera generación acostumbran a ser los dueños del negocio, ya no necesitan ni siquiera tener en sus manos el timón de la nave.

Y la empresa, en el mejor de los casos, va creciendo en un entorno cada vez mas cerrado. No existen nuevas iniciativas. Se utiliza el viejo proverbio de que si algo funciona bien es mejor no tocarlo. No se producen cambios sustanciales.

Y esto, en un mundo tan cambiante como el que nos ha tocado vivir, nos puede dejar fuera de mercado por no saber generar nuevas ideas. Por no entender que si no se innova, se acabará entrando en una dinámica en la que, casi de forma imperceptible, el proyecto empieza a declinar.

Todo esto no tiene nada de raro ni de misterioso. Por las mismas razones mueren los grandes imperios políticos -y la historia está llena de ejemplos-.

Si cualquiera de estos empresarios se detuviera a pensar en ello, se daría cuenta de que, lo más importante que ha sucedido, es que en algún lugar del camino murió la ilusión.

Pero en algunas ocasiones -y acostumbra a pasar mas de una vez en la vida de una empresa-, en el mercado se produce alguna especie de convulsión, generalmente de tipo económico, que obliga a las empresas a tomar medidas drásticas con la única finalidad de sobrevivir a ella.

Es cuando las entidades financieras nos quitan los paraguas que nos alquilaron a precios muy altos cuando hacia sol.

Y la opción más fácil en estas ocasiones es intentar llegar a puerto y amarrar los barcos hasta que amaine la tormenta.

Sin embargo, en algunos casos – pocos-, los verdaderos empresarios sienten que de nuevo renace la chispa de aquella primera ilusión. Y vuelven a tomar el timón del barco.

Esta claro, que cuando la travesía se produce en mares plácidos o con mala mar dentro de la normalidad, la función del capitán es poco importante. Con la labor de sus oficiales hay más que suficiente para realizar la travesía.

Pero cuando la tempestad se vuelve peligrosa es cuando vuelven a brillar en su máximo esplendor los líderes. Es cuando, mientras la mayoría de los barcos se aletargan placidamente en los puertos a la espera de que amaine la tormenta, ellos siguen cruzando el mar y sacando provecho al hecho de que son pocos los que se atreven a hacerlo.

Es cuando se renuevan. Cuando buscan nuevas herramientas que les ayuden en los riesgos asumidos. Está claro que cuando se sabe a donde se va, los modernos GPS que son la evolución de las viejas brújulas no son imprescindibles Siempre es bueno tenerlos. Ayudan y mucho. Pero no son imprescindibles.

Cuando la niebla o el tamaño de las olas desdibujan el camino, se convierten en imprescindibles.

Es en estos casos cuando renace la ilusión. Los capitanes que han pasado mucho tiempo sin luchar de forma especial, vuelven a tomar las riendas. Renacen como el Ave Fénix de las cenizas de una sociedad asustada. Y ayudan a que el mundo siga avanzando.

Son nuevas ideas. Son nuevas ilusiones.

Comienza la aventura.

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